"El G-20 en la ronda de Doha" (Revista Economía Exterior - 02 de junho de 2006)

Revista: Economía Exterior (número 37, verano 2006) Título: 'El G-20 en la ronda de Doha' Data: 02/06/2006 Crédito: Celso Amorim

El G-20, nacido en Cancún en 2003, se sitúa en las negociaciones de la ronda de Doha ai mismo nivel que Estados Unidos y la Unión Europea. EI grupo defiende la liberalización dei sector agrícola para poder alcanzar un acuerdo amplio en el marco de la Organización Mundial de Comercio.

 


Revista: Economía Exterior (número 37, verano 2006)
Título: 'El G-20 en la ronda de Doha'
Data: 02/06/2006
Crédito: Celso Amorim


El G-20, nacido en Cancún en 2003, se sitúa en las negociaciones de la ronda de Doha ai mismo nivel que Estados Unidos y la Unión Europea. EI grupo defiende la liberalización dei sector agrícola para poder alcanzar un acuerdo amplio en el marco de la Organización Mundial de Comercio.


En un capítulo dedicado a Brasil en su nuevo libro Geopolítica, el historiador y geógrafo francés Yves Lacoste ha subrayado el papel del G-20 en la política exterior brasileña. Sin embargo, el G-20 es mucho más que un proyecto de la cancillería brasileña. El grupo ha logrado ocupar una posición central en el proceso negociador en la Organización Mundial de Comercio (OMC). En realidad, se puede afirmar, sin riesgo de exageración, que el G-20 ha cambiado la geopolítica de las negociaciones agrícolas internacionales.


Aunque la agricultura es un asunto central en el mandato de la ronda de Doha, no hubiera sido posible lograr los avances que se han registrado sin la creación de un mecanismo negociador capaz de aglutinar las principales fuerzas del mundo en desarrollo.


Asimismo, solo la movilización permanente de los países en desarrollo ofrece la posibilidad de que los resultados del proceso negociador sean compatibles con el nivel de ambición del mandato. Es necesaria la plena incorporación de la agricultura al sistema multilateral de comercio, así como una participación de los países en desarrollo en el comercio agrícola que les permita gozar de los beneficios de sus ventajas comparativas.


Creado en 2003, durante la conferencia ministerial de la OMC en Cancún, el G-20 está en la vanguardia de un movimiento internacional en pro de la reducción de las barreras proteccionistas y la eliminación de los subsidios multimillonarios que perjudican a exportadores competitivos de productos agrícolas en los países pobres. Ese movimiento cuenta con el amplio apoyo de la sociedad civil en el propio mundo desarrollado.


La agricultura es el sector en el que se encuentra más desequilibrado el sistema comercial multilateral basado en normas. Desde los tiempos del viejo Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, en sus siglas en inglés), la exclusión del comercio agrícola se explica solamente por el deseo de los países desarrollados de proteger sus políticas agrícolas con los medios financieros de los que disponen sus tesorerías. No hay más razón para ello. No hay justificaciones económicas, sociales o éticas para esa situación.


Las circunstancias del nacimiento del G-20 son conocidas. Estados Unidos y la Unión Europea trataban de reeditar el llamado Acuerdo de Blair House, que selló una acomodación de los temas de interés común a finales de la ronda de Uruguay. Los dos buscaban entonces proteger simultáneamente sus debilidades respectivas en cuanto a ayudas internas y acceso a los mercados. Gracias a una acción política firme, basada en los intereses concretos de los grandes exportadores y de los grandes importadores del Sur, fue posible contener las aspiraciones de los dos grandes.


La legitimidad del G-20 se debe, en primer lugar, al hecho de que sus objetivos están en consonancia con el mandato negociador de Doha. Además, el G-20 cuenta en su representación con miembros de los tres continentes del mundo en desarrollo.


Concretamente, en la membresía del G-20 se encuentran cinco países de África (Egipto, Nigeria, Suráfrica, Tanzania y Zimbabue), seis de Asia (China, Filipinas, India, Indonesia, Pakistán y Tailandia) y 10 de América Latina (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Guatemala, México, Paraguay, Uruguay y Venezuela).


Tras la fase de resistencia a las propuestas conjuntas EE UU-UE en Cancún, el G-20 ha dado muestras evidentes de que es un grupo negociador más allá de la capacidad de decir "no". De hecho, ha puesto sobre la mesa de negociación un gran número de propuestas que no solo son técnicamente sólidas, sino que también se encuentran muy cerca de lo que se considera un posible resultado equilibrado.


Los ministros se han reunido en varias ocasiones para darle al grupo dirección política: Cancún, 2003; Brasilia, 2003; São Paulo, 2004; Nueva Delhi, 2005; Bhurban, 2005; y Ginebra, 2005. Además, los jefes de las delegaciones y funcionarios de alto nivel se reúnen con frecuencia en Ginebra para elaborar propuestas y discutir estrategias negociadoras.


El grupo generó una muy necesaria "multipolaridad" en la OMC. Un hecho que permite, en gran medida, un proceso de desarrollo en el comercio agrícola mundial, con la emergencia de los grandes exportadores del Sur y el nuevo dinamismo de los mercados importadores en los países de Asia. La nueva :multipolaridad" es esencial para la consolidación del sistema multilateral de comercio.


A1 mismo tiempo, la lucha del grupo en las negociaciones ha guardado una complementariedad con las disputas que ha conducido Brasil en el seno del Órgano de Solución de Diferencias contra EE UU y la UE en relación con el algodón y el azúcar, respectivamente.


Como lo subrayó muy bien The New York Times, las decisiones confirmarán el hecho de que, además de injustos, los subsidios agrícolas son ilegales a la luz de sus consecuencias dañinas para los consumidores, los trabajadores rurales y los exportadores del mundo en desarrollo.


Hay un vínculo innegable entre agricultura y desarrollo. La mayoría de la gente pobre en los países en vías de desarrollo vive en zonas rurales. Las prácticas de distorsión al comercio y a la producción en los países desarrollados impacta de manera adversa en la vida de nuestras comunidades agrícolas.


La eliminación de las distorsiones tendrá efectos dinámicos favorables para todos los países en desarrollo. Los que todavía no producen, o que hoy en día no pueden competir con las tesorerías de los países ricos, pasarán a hacerlo.


Un ejemplo del potencial de la reforma agrícola está en el sector del azúcar y la decisión de la Comisión Europea de implementar el resultado del contencioso con Brasil. Al margen de las buenas perspectivas de las exportaciones de etanol [alcohol obtenido de la caña de azúcar], esa decisión fue suficiente para que se registrase la mayor subida de precios del azúcar en los últimos 10 años. Además, como consecuencia de esta situación se incorporarán nuevos productores al mercado.


Por supuesto, la ronda de Doha no está limitada a la agricultura. No debemos subestimar los retos que se presentan en otros temas, como la negociación de productos industriales, servicios, normas, acceso al comercio y el trato especial y diferenciado a los países más pobres.


Sin embargo, una solución positiva de los grandes asuntos relativos a la agricultura favorecerá la aprobación de un acuerdo más amplio y con un nivel más elevado de ambición.


El ejemplo del G-20 aporta lecciones sobre la capacidad de multiplicación de la fuerza de los países en desarrollo en los procesos negociadores multilaterales. En esta ocasión, el grupo lo ha logrado en virtud de una plataforma común que integra - de modo quizá inédito - la promoción de la liberalización comercial con la justicia social.


Al cambiar la tradicional dinámica de las negociaciones en la OMC, donde las dos principales potencias comerciales solían establecer entre sí la dirección y el alcance de las negociaciones, el G-20 ha contribuido a "cambiar la geografia del comercio internacional", según las palabras del presidente de Brasil, Lula da Silva.


La consolidación del G-20 demuestra que existe un espacio diplomático que merece explotarse mejor en la interacción con otros grandes países y regiones en desarrollo. La intensificación del diálogo y del intercambio directo con ésas y otras regiones tiene una importancia que va más allá de la retórica. Se concreta en un plan de acción basado en intereses compartidos y capacidad técnica, así como en la necesaria voluntad política de sus miembros.


El G-20 es un actor indispensable para el progreso de las negociaciones de la ronda de Doha. Sostenemos que la ronda solo será exitosa en la medida en que el proceso sea transparente y capaz de promover la inclusión de los intereses y demandas de todos los actores.


Para el G-20, el sentido general se ve muy claro: la ronda de Doha representa el fin para todos los subsidios a la exportación y el comienzo del fin de las ayudas domésticas que distorsionan el comercio, o sea, que habrá reducción sustantiva en esa área. Las negociaciones de acceso a mercados abrirán nuevas oportunidades comerciales, sin perjuicio de las necesidades de los países en desarrollo.


De esta manera, estarán finalmente lanzadas las bases para un sistema multilateral de reglas comerciales más justo y equilibrado.


No es solo la geografia de las negociaciones multilaterales lo que hay que cambiar. Luchamos por una nueva geografia de la producción. Éste es el camino bacia mayor prosperidad y mayor desarrollo para todos los países pobres.
 
 
 

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