El Partido de los Trabajadores ganó por tercera vez consecutiva las elecciones nacionales en Brasil.
Mientras los brasileños festejaban el triunfo de Dilma Rousseff, esta leía un discurso serio, aplomado, responsable, sobre su futuro gobierno. Se mostraba como una izquierda moderada, asegurando la democracia y las libertades básicas, la estabilidad económica y la prudencia fiscal y definía la erradicación de la pobreza como su objetivo central. Era un mensaje para el mundo desarrollado y para la inversión privada. También hizo un llamado a los partidos de la oposición para avanzar en futuros acuerdos políticos que aseguren gobernabilidad y aplicación programática. En este sentido, los debates entre los candidatos presidenciales no mostraban diferencias relevantes.
El triunfo del PT se logró pese a la andanada política y comunicacional sobre el aborto, con fuerte presencia de las distintas iglesias, incluidas las declaraciones del Papa, una agresividad inesperada en José Serra y la consabida agresividad de los medios de comunicación para influir decisivamente en la opinión pública.
En la semana previa a las elecciones concurrí a dos seminarios organizados por instituciones ligadas a Itamaraty. Uno sobre las perspectivas de los países sudamericanos en el mundo y en la región.
El otro sobre Brasil en el mundo del futuro. Al primer seminario concurrimos alrededor de 30 profesores sudamericanos invitados y alrededor de 170 estudiantes sudamericanos, recibidos de ocho cursos, hoy con cargos diplomáticos en el mundo. A ellos se agregaban distinguidas personalidades brasileñas como vice ministros de Relaciones Exteriores, Helio Jaguaribe, Carlos Lessa, Antonio Barros de Castro, Cándido Mendes, entre otros. Dos días de interesantes debates que marcaban el esfuerzo de Brasil por encontrar rutas conjuntas con sus socios sudamericanos.
Profesores y estudiantes participamos en el seminario sobre el futuro de Brasil, con destacados expositores brasileños y dos extranjeros de Japón y Rusia, para analizar la crisis financiera internacional. Los temas centrales fueron las relaciones de Brasil con América del Sur, con el BRIC, con Estados Unidos, con Europa y la crisis económico-financiera mundial y el G20. La relevancia temática marcaba el privilegio de los sudamericanos de compartir una reunión de muy alto nivel. Surgieron algunas conclusiones: Se expresó en diversas instancias que la prioridad internacional para Brasil era la integración con América del Sur. En la actualidad el 52% de las exportaciones brasileñas tienen como destino a América del Sur. Pero aún más importante, más del 90% de las mismas son productos manufactureros. A su vez, Brasil juega hoy nítidamente como global player. El tamaño de su población y territorio lo ubican entre los cinco grandes países del mundo: Estados Unidos y los países integrantes del BRIC, que son Brasil, Rusia, India y China. Si lo analizamos por país, China es el primer comprador de productos brasileños y es actualmente la segunda potencia en el comercio mundial. Muchos analistas proyectan un futuro internacional con énfasis en una especie de G2 integrado por EE UU y China. El BRIC no tiene agenda ni instituciones fijas, pero es importante para articular acciones comunes, por ejemplo en las futuras reuniones del G20.
El BRIC intenta una nueva gobernabilidad mundial, con mayor representación de los países emergentes.
También intenta la creación de una nueva moneda de reserva. Brasil tiene diversos acuerdos con EE UU y se sienten socios globales. Tienen convergencias, como por ejemplo en biocombustible, donde EE UU y Brasil son los dos primeros productores mundiales de etanol, y notorias diferencias en los temas latinoamericanos.
En la limitada reforma acordada, sobre los votos en el FMI, se vieron favorecidos China y Brasil. Este pasó, en tres años, de la posición 18 dentro del FMI a la posición 10. También se expresó la posibilidad de encontrar salidas, en la próxima reunión del G20, sobre la actual guerra de monedas entre los países desarrollados y, especialmente, frente a China.
Saludamos la presencia de los países emergentes en el G20, y especialmente de los tres países latinoamericanos, pero el G7 o G8 sigue existiendo y pesando muy fuertemente sobre estos temas. Nos quedó la preocupación de si, en el futuro, las posiciones de Brasil en todos estos ámbitos internacionales van a ser coordinadas con el resto de los países de América del Sur. El tema es hacer compatible la prioridad a América del Sur, con las capacidades brasileñas como potencia mundial.
En el seminario, diversas personalidades y autoridades brasileñas manifestaron su enorme preocupación por la profunda apreciación del real, la moneda brasileña. Recuérdese que durante el proceso electoral en 2002, que le dio el primer triunfo a Lula da Silva, acciones especulativas llevaron el valor del dólar a 3,80 reales. En la actualidad cotiza a alrededor de 1,70 reales. Las consecuencias más significativas son que más del 50% de las exportaciones de Brasil son productos primarios. Le vende productos industrializados a América del Sur y commodities al mundo desarrollado y a China.
En un mundo donde el comercio internacional está determinado por los contenidos tecnológicos, que en Brasil no predominen las exportaciones manufactureras, termina poniendo en tela de juicio sus posibilidades como potencia emergente.
Por lo tanto, la apreciación del real no es un problema menor y está planteado como un gran desafío para el nuevo gobierno.
El predominio de las exportaciones de productos primarios deriva del tipo de cambio y de los altos precios internacionales de dichos rubros. Pero la apreciación del real afecta la incorporación de valor agregado y de contenido tecnológico.
También está afectando la producción industrial, que tiene dificultades de competir con los rubros importados.
Brasil potencia, con un partido de izquierda en el gobierno que ganó nuevos escaños parlamentarios, deberá compatibilizar su liderazgo regional con su actuación en la primera división internacional. Una potencia de estas características no puede comprometer su futuro con una política cambiaria que afecte su proceso de industrialización y su más dinámica inserción internacional.
