Artigo "La Casa Blanca y el Planalto: respeto y solidaridad" (Revista "Foreign Affairs" - vol. 5, no. 1, 2005

Revista: "Foreign Affairs" Título: La Casa Blanca y el Planalto: respeto y solidaridad Data: vol. 5, no. 1, 2005 Crédito: Carlos Eduardo Lins

 

LA REELECCIÓN DEL PRESIDENTE George W. Bush fue recibida por el gobierno brasileño con tranquilidad y confianza, basadas en las excelentes relaciones políticas que los dos países han construído desde que Luiz Inácio Lula da Silva tomó posesión de la presidencia de Brasil, el 1 de enero de 2003, con lo cual continúa una situación similar a la que existia entre los gobiernos de Bill Clinton y de Fernando Henrique Cardoso.


Aunque los dos presidentes tengan divergencias ideológicas irreconciliables, lo que ha hecho pensar a algunos observadores que se pudieran presentar dificultades serias en el diálogo entre Brasil y Estados Unidos, ambos mandatarios han adoptado posiciones realistas y pragmáticas en la conducción de los negocios bilaterales, que han fructificado a pesar de la persistencla de algunos temas que han ocasionado tensiones.


Estados Unidos reconoce a Brasil como un interlocutor privilegiado en el continente americano, ya que sin su apoyo le seria difícil continuar con sus proyectos hemisféricos; y Brasil, por su parte, tiene bien claro que es absolutamente indispensable para su futuro mantenerse como socio de los estadounidenses.


Bush y Lula parecen haber desarrollado una simpatia recíproca, lo cual -en estos tiempos donde la diplomacla presidenclal es importante- es fundamental para el éxito. Algunos testigos de los encuentros entre ambos afirman que, a pesar de sus posiciones políticas casi antagónicas y sus trayectorias tan distintas, muy pronto encontraron puntos en común sobre los cuales basaron un lazo de sólida confianza mutua: el reconocimiento de la importancia de la familia, de la religión y de La acción comunitaria para la vida personal, la preocupación por los efectos del narcotráfico en la sociedad y, sobre todo, la disposición para enfrentar problemas con espíritu práctico y sentido común.


A partir de este principio, se estableció una relación que el ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, ha definido como de "respeto y solidaridad" (Financial Times, 5 de noviembre de 2004), en la que Washington minimiza los ocasionales raptos retóricos o simbólicos de Lula y otros dirigentes brasileños, remanentes de su pasado izquierdista, y Brasilia, en relación con América Latina, tiene cuidado de no causar conflictos con la estrategia estadounidense dirigida a los demás países del subcontinente.


Podemos suponer que, mientras Lula y Bush sigan estando al frente de sus países (probablemente hasta 2010, si el brasileño es reelecto dentro de dos anos), ésos seguirán siendo los pilares de las relaciones entre Brasil y Estados Unidos. Sin embargo, existen ciertos problemas, y algunos de ellos podrían llegar a agravarse.


El asunto que ocasiona más dificultades entre los dos países es el comercio, tanto el bilateral como el global. Aunque múchas personas en el gobierno brasileno creían que un gobierno de Kerry podría ser más proteccionista que uno de Bush, y aumentar así los desacuerdos entre Brasil y Estados Unidos, hay muchas probabilidades de que el próximo cuadrienio sea pródigo en políticas proteccionistas de parte de la Casa Blanca.


De modo general, el segundo periodo del gobierno de Bush va a tener que dirimir el problema cada día más serio de su déficit en las cuentas corrientes, que ya se acerca a 6% del PIB, y una de las maneras más simples de hacer esto -y que puede ser comprendida por la gente- es disminuir las importaciones mediante actitudes proteccionistas.


Gran parte de los votos a favor de Bush el 2 de noviembre provino de los distritos electorales de las áreas rurales del país, a las cuales el presidente les debe ahora mucho más que antes.


Sus representantes en el Congreso y sus líderes en el debate nacional solicitarán sin duda un tratamiento más duro para Brasil, puesto que es un gran competidor en el mercado mundial en productos fundamentales para el sector empresarial agrícola de Estados Unidos (en las ramas de soya, carne y cítricos, por ejemplo).


Las autoridades del gobierno de Bush, como el subsecretario de Agricultura, J. B. Penn, han afirmado que Brasil ya no debe ser tratado como país en desarrollo en las negociaciones comerciales agrícolas (Folha de S. Paulo, 12 de agosto de 2004). El temor creciente de los productores del campo estadounidenses en relación con la competitividad de las empresas agrícolas brasileñas puede crear problemas políticos entre Brasilia y Washington.


Para el embajador de Brasil en Washington, Roberto Abdenur, la forma de evitar estos problemas es "poner de relieve el terreno común", es decir, los sectores de la producción agrícola estadounidense que se beneficiarían del êxito de sus homólogos brasileños, como los productores de máquinas agrícolas, fertilizantes y tecnología rural. Abdenur también considera que existen posibilidades de trabajo conjunto de los productores de soya y jugo de naranja de ambos países, en busca de mercados en otras latitudes (Valor Econômico,12 de octubre de 2004).


Apenas confirmada la reelección de Bush, diversos actores en las dos naciones declararon que las negociaciones para la formación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que -en principio- se disenó como un instrumento para resolver esas y otras dificultades comerciales en el continente, se retomarían con un ritmo acelerado.


El candidato John Kerry había afirmado que impondría una moratoria de 120 días a todas las negociaciones comerciales de Estados Unidos para estudiarlas, lo que incrementó la impresión de que su gobierno podría obstaculizar definitivamente el ALCA y otros proyectos similares.


Sin embargo, aun con el segundo mandato de Bush, el futuro del ALCA se ve incierto. Primero, porque la Autoridad de Promoción de Comercio (conocida por sus siglas en inglês TPA), que otorga al presidente el poder de negociar tratados comerciales con otros países, expira en 2005 y esta disposición tendrá que ser revisada por un Congreso que, a pesar de contar con mayoría republicana en las dos cámaras, tiene tendencia a oponerse a este tipo de negociaciones.


Baste recordar que, en 2002, después de ocho anos de fracasos sucesivos, se otorgó la TPA sólo después de que la Casa Blanca se hubiera comprometido a aplicar diversas medidas proteccionistas. Incluso acuerdos menos ambiciosos, de menor importancia económica y que plantean menos controversia política, como el Tratado de Libre Comercio para Centro América (TLCCA; CAFTA, por sus siglas en inglés), tienen enormes dificultades para ser aprobados por el Congreso.


En segundo lugar, el proceso de construcción del ALCA sigue siendo complicado. Los dos copresidentes, Brasil y Estados Unidos, tienen divergenclas profundas sobre sus objetivos. En diversos puntos, cada uno de los países prefiere que la discusión se realice en un nivel multilateral, en la Organización Mundial del Comercio. Brasil no quiere discutir en el ALCA la reglamentación de los servicios públicos, compras gubernamentales, inversiones, ni la apertura del sector de servicios. Estados Unidos, por su parte, quiere evitar el debate sobre los subsidios agrícolas y las reglas antidumping.


A pesar de que los dos países llegaron en Miami, en 2003, a algunos acuerdos sobre un "ALCA à la carte", hay pocos indicios de que cualquiera de las dos partes esté seriamente dispuesta a hacer que las negociaciones avancen.


En la práctica, Estados Unidos ya inicio su "plan B", que consiste en dar forma definitiva a acuerdos regionales, como el del TLCCA y el de los países andinos, o bilaterales (como en el caso de Chile, ya en vigor, o el de inversiones con Uruguay) con el mayor número posible de naciones del hemisfério, estrategia que podría colocar a Brasil en una situación delicada, de un virtual aislamiento comercial en el continente.


Algunos analistas, como C. Fred Bergsten, sostienen la tesis de que Brasil y Estados Unidos deberían negociar un acuerdo bilateral de libre comercio ("Política económica exterior para el nuevo presidente", Foreign Affairs en Espanol, Vol. 4, Núm. 2, p.136). Pero es improbable que el gobierno de Lula estuviera de acuerdo aunque Estados Unidos tomara esa iniciativa, dado que uno de los principios básicos de la política exterior brasileña parece ser el de dar una prioridad absoluta al fortalecimiento del Mercosur, y mediante éste, a la integración de América del Sur, por más complicada que esté resultando.


En el terreno de la OMC, Brasil y Estados Unidos también enfrentan conflictos que desgastan la relación bilateral. Brasil es uno de los tres países principales que proponen acciones contra Estados Unidos en los tribunales de la organización, y en muchas ocasiones ha tenido êxito, como en los casos del algodón y del azúcar. Además, el buen resultado de Brasil como coordinador del G-20 en la reunión de Cancún de 2003 irritó claramente a la Casa Blanca, aunque después Estados Unidos haya reconocido el papel fundamental de Brasilia para resolver el impasse.


En otra entidad multilateral de ámbito global, la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI), Brasil se prepara para enfrentar a Estados Unidos en un asunto altamente explosivo: el de las patentes. Brasil, junto con Argentina y Bolivia, presentó un proyecto según el cual la OMPI debería considerar el derecho de protección a la propiedad intelectual basándose en criterios de tipo económico. Es decir, que en países menos desarrollados no debería mostrarse tan estricta como en los países ricos.


El asunto de la propiedad intelectual ya ha causado diversos problemas entre Estados Unidos y Brasil. Actualmente, la administración de Bush considera la posibilidad de castigar a Brasil, con base en el Sistema General de Preferencias, por juzgar que el gobierno de Lula no ha combatido lo suficiente los delitos contra la propiedad intelectual en su país. Si se tomara esa decisión, es obvio que las relaciones entre los dos países sufrirán un golpe.


Además del comercio, existen otros asuntos problemáticos que deberán enfrentar en los próximos anos Bush y Lula. Uno de los más graves es la negativa brasileña a firmar un protocolo adicional al Acuerdo de No Proliferación Nuclear.


Esa negativa ha hecho que sectores de la sociedad estadounidense coloquen a Brasil al lado de Corea del Norte y de Irán, como países que constituyen una amenaza para la seguridad nuclear. Aunque el gobierno de Estados Unidos, como dijo claramente el secretario de Estado Colin Powell en su visita a Brasil, no ponga en duda las intenciones pacíficas brasileñas, la imposibilidad de que los técnicos de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) realicen inspecciones visuales de las instalaciones nucleares, crea enormes problemas.


Un impasse en esta área tan crucial para Washington puede causar molestias de todo tipo, no sólo en la relación bilateral sino incluso en la posición de Brasil en los organismos multilaterales como un todo.


El problema se complica porque Brasil, junto con Pakistán y Alemania, ha tratado de disminuir el alcance de una iniciativa estadounidense en el Consejo de Seguridad de la ONU, que trata de impedir la diseminación de armas químicas, biológicas y nucleares, por considerar que la propuesta de Estados Unidos podría imponer sanciones unilaterales a gobiernos soberanos y debilitar el sistema internacional de acuerdos de desarme.


Por otro lado, el gobierno de Bush se ha mostrado especialmente satisfecho en lo relativo a la cuestión de la seguridad durante la administración de Lula. Brasil reforzó la vigilancia policiaca en la región de la Triple Frontera, algo que Estados Unidos ha solicitado desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, aunque sin admitir haberlo hecho por las razones que alega Washington: que exista en la zona el riesgo del terrorismo. La justificación para establecer una mayor vigilancia fue el combate al evidente tráfico de contrabando y artículos "piratas" en esa región.


Por añadidura, el gobierno de Lula también ha prestado mayor atención a las posibles incursiones de guerrilleros colombianos en territorio brasileño por la frontera amazónica. Y también, en general, ha mostrado su aceptación a la política estadounidense sobre la guerra civil en Colombia y la lógica del combate militar al tráfico de drogas, como lo demostró la aplicación (con el beneplácito de Estados Unidos) de la Ley del Abate.*


También se ha aumentado la cooperación bilateral para el combate contra los delitos internacionales, como el lavado de dinero, lo que satisface plenamente a Washington.


El gobierno de Lula también ha desempenado un papel importante como factor de estabilidad en América del Sur (como tradicionalmente lo ha hecho Brasil). Lula, como su predecesor Fernando Henrique Cardoso, se ha instalado como moderador ante el presidente venezolano Hugo Chávez, considerado como el mayor adversario de Washington, después de Fidel Castro.


En lo que respecta al mandatario cubano, las visitas de Lula y otros ministros de su gobierno a Cuba, así como las sucesivas demostraciones de carino a Castro molestan a la Casa Blanca, pero entran en la lista de descuentos que Washington puede hacer al gobierno brasileño actual, que también se ha moderado en sus manifestaciones en favor del régimen castrista.


El liderazgo brasileño de las fuerzas de paz en Haití es particularmente bien visto por la administración de Bush, como ejemplo de una misión que, a los ojos de Washington, puede ser desempenada por una potencia regional amiga. Pero si la situación de inseguridad e inestabilidad social en ese país se agravara por la falta de compromiso por parte de la ONU, de Estados Unidos y de Francia para encontrar soluciones reales para la crisis haitiana, las comisiones brasilenas, que han estado aumentando de intensidad, podrían llegar a causar tensiones entre ambos países.


De la misma manera, si Brasil ve que el reconocimiento estadounidense por su actuación en Haití se queda nada más en las palabras, el clima bilateral podría enturbiarse. El actual gobierno brasileño estableció como una de las prioridades de su política exterior la obtención de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y está convencido de que su misión en Haití fortalece su derecho de alcanzar esa posición. Pero sin el apoyo decisivo de Estados Unidos eso no sucederá, y la frustración brasilena podría acarrear problemas a Washington.


Los desacuerdos en lo relativo a los puntos esenciales de la política exterior estadounidense, como en el caso de Irak, por ejemplo, no parecen tener mucha importancia para Washington. Lula fue el primer mandatario, de los que se opusieron a la invasión de Irak, que fue invitado por Bush a visitarlo a la Casa Blanca. Estados Unidos entiende, por lo visto, que el peso de Brasil en los asuntos que quedan lejos del hemisferio es pequeno y, por eso, pueden enfrentar sus críticas sin problemas.


El número creciente de brasileños y sus descendientes que viven en Estados Unidos legal o ilegalmente es otro asunto que puede provocar momentos de tensión en las relaciones bilaterales, dada la progresiva intolerancia del gobierno estadounidense hacia los extranjeros en su territorio. Pero todas esas dificultades probablemente pueden resolver-se com cierta facilidad, como se demostró en el caso de los expedientes que se abrieron a los estadounidenses que entran a Brasil, después de la aplicación de una medida idéntica a los brasileños que entran a Estados Unidos.


En defensa de los intereses de su sector privado, al gobierno de Estados Unidos le gustaría que los marcos reglamentarios en Brasil fueran más estables y claros. Pero Washington comprende que no puede avanzar mucho en esa área sin herir la susceptibilidad de Brasilia en lo referente a su soberanía nacional, susceptibilidad ya bastante conocida por la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Así, se trata de otra área en la cual, aunque existen dificultades, éstas se superarán sin duda.


Resumiendo, Brasil y Estados Unidos seguirán siendo socios importantes durante los próximos cuatro anos, con momentos de cierta tensión en algunos puntos de la agenda, pero sin crisis graves en el horizonte. Como parte de una región que no es vista como prioritaria por la administración de Bush (como tampoco lo sería para Kerry si hubiera ganado), el mejor escenario posible para la relación con Brasil, desde la perspectiva de Washington, es poder contar con Brasil como un aliado confiable, aunque muchas veces discordante y de vez en cuando, irritante. Desde el punto de vista del Planalto [sede administrativa de la presidencial, la mejor alternativa es tener en la Casa Blanca uni socio que lo apoye en situaciones de urgencia económica y financiera, y no obstaculice sus proyectos regionales en América del Sur.


* La llamada "Ley del Abate" permite a las aeronaves de defensa brasileñas derribar aviones no autorizados que se rehúsen a aterrizar tras ser contactados por fuerzas oficiales. [N. del E.]

Endereço: Palácio Itamaraty - Esplanada dos Ministérios - Bloco H -Brasília/DF - Brasil - CEP 70.170-900
Fale Conosco | Mapa do Site | Embaixadas | Consulados e Vice-Consulados | Delegações, Missões e Escritórios
Escritório de Representação: EREMINAS, ERENE, ERENOR, EREPAR, ERERIO, ERESC, ERESP, ERESUL
Legalização Consular de Documentos: MRE - Divisão das Comunidades Brasileiras no Exterior - Setor de Legalização - E-mail:legalizar@itamaraty.gov.br