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Portal do Governo Brasileiro
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El mundo está sintiendo en la actualidad turbulencias como nunca se habían visto en décadas. La crisis crediticia de Estados Unidos ha contaminado a la economía internacional y los sistemas financieros han sido estremecidos hasta el cerno, socavando las doctrinas económicas que en otros tiempos fueron consideradas verdades absolutas.

Como dije ante la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre, ahora es el tiempo de la política, para que los gobiernos utilicen el control y la supervisión pública para frenar la anarquía económica. Doy la bienvenida a las acciones que otros países realizan. Pero, deberá transcurrir algún tiempo para que sus iniciativas den resultado. Eso significa que, entre tanto, se necesita dar más pasos para salvaguardar a los más vulnerables del mundo: los trabajadores, cuyos empleos y poder adquisitivo están en juego, gente sencilla que intenta ahorrar para el futuro, los pobres que dependen del Estado.

Los abusos y errores que surgen a la luz cada día constituyen pruebas de que nuestro sistema de gobernabilidad económica internacional se ha quebrado. Para desarrollar uno mejor, los grandes países desarrollados del mundo deberían ser llamados a incorporarse al debate. Tenemos mucho para contribuir. Tomemos el caso de Brasil. Estados prontos para hacer nuestra parte, y nuestra economía está mejor preparada que la mayoría para enfrentar la crisis. Hemos dicho no al aventurerismo macro-económico. La inflación está controlada y crecemos de manera sostenida. Tenemos suficientes reservas internacionales y no le debemos al Fondo Monetario Internacional. Esto nos da las herramientas y la tranquilidad de conciencia para sobrellevar las turbulencias que traerá la crisis.

Brasil también está mejor preparado para abordar los trastornos económicos y sociales que pueden sobrevenir. Consideremos lo siguiente: desde que asumí en 2003, más de 10 millones de brasileños se han incorporado a la fuerza laboral. Unos 20 millones salieron de la pobreza absoluta. Nuestro mercado interno se expande, y nos da un amortiguador económico importante. Por sobre todo, estamos redistribuyendo el ingreso y reduciendo la desigualdad social. Estos avances nada tienen que ver con la suerte ni un clima favorable. Son el resultado del trabajo duro realizado por el pueblo brasileño y su gobierno.

Tejer una amplia red de protección social es parte central de este emprendimiento. Nuestro programa de transferencia de ingresos, ahora distribuye beneficios a más de 11 millones de familias pobres en todo el país, con la condición de que las madres reciban atención prenatal y los padres mantengan a sus hijos en las escuelas y vacunados. Nuestro éxito muestra que los gobiernos individualmente pueden y deben jugar un papel vital para reducir la pobreza y la desigualdad. Nuestro ejemplo en la atención de la salud y la educación ya es puesto a disposición de otros países en Latinoamérica, África y Asia con desafíos similares.

Dicho eso, ningún Estado escapará de esta crisis por su cuenta. Se necesitan acciones coordinadas. Pero, sólo tendrán éxito si la toma de decisiones internacional es rediseñada de acuerdo con las nuevas realidades. Las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial reflejan un equilibrio de poder que ha sido superado hace mucho tiempo.

Este desafío va más allá de la tormenta financiera inmediata. Otras amenazas acechan, como son el hambre y la pobreza, el creciente precio y escasez de alimentos, la crisis energética y el cambio climático. El comercio mundial sigue distorsionado y la mejor manera de abordar ese tema -la ronda de Doha de negociaciones comerciales- podría colapsar.

De cualquier manera, ninguno de esos obstáculos es insuperable. Todos conocemos las soluciones y contamos con las herramientas y los recursos para lograr el éxito. Con demasiada frecuencia carecemos de la voluntad política. Muchas personas en la actualidad comparan la situación actual con la Gran Depresión. Pero, debemos llevar esos paralelos más allá y convocar al espíritu de solidaridad que ayudó a crear el New Deal, aprovechando los recursos para forjar un nuevo pacto global que permita hacer retroceder a la pobreza y la desigualdad extrema.

Contrariamente a lo que muchos piensan, la globalización sólo ha incrementado las responsabilidades económicas y sociales de los gobiernos. Debemos renovar nuestro compromiso de un fuerte multilateralismo y debemos hacer que ese multilateralismo sea más democrático, con la finalidad de construir acuerdos que reflejen los legítimos intereses de todas las naciones. Esto significa ampliar el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y renovar al FMI para que provea apoyo financiero efectivo a los países necesitados.

Estados Unidos -por virtud de su tamaño y hazañas económicas- es y continuará siendo un jugador clave de la búsqueda global de soluciones comunes. Washington ha jugado un papel decisivo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Teniendo en cuenta los desafíos y las oportunidades que enfrentamos hoy, nosotros en el mundo en vías de desarrollo esperamos que una vez más podamos contar con que el pueblo estadounidense asuma la defensa del multilateralismo, la igualdad y la justicia. Este no es tiempo de proteccionismo, sino de una acción progresiva nacida de la generosidad y solidaridad que forjará respuestas colectivas a los desafíos del siglo XXI.

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