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Seré breve en estas palabras de despedida de la Secretaría General. Me apego bastante a la idea de que quien sale no debe extenderse. A quien entra sí le corresponde hablar, proferir el discurso más largo, transmitir las primeras orientaciones.

Naturalmente, no podría dejar de agradecer a quien me permitió vivir la experiencia singular de haber sido Secretario General de Relaciones Exteriores. Agradezco primeramente a la Señora Presidenta de la República. Servir en esta función a la Presidenta Dilma y a su Gobierno, como al Brasil y al Itamaraty, fue un privilegio inigualable. En seguida, quiero agradecer a los Cancilleres a los que tuve el honor de acompañar. Al Embajador Antonio de Aguiar Patriota y al Embajador Luiz Alberto Figueredo soy sumamente grato por la confianza y el apoyo constantes. Expreso aquí mi gratitud hacia ellos, tanto a nivel profesional como personal.

Por algunos días, también tuve el honor de servir al nuevo Canciller, Embajador Mauro Vieira, colega de mi generación que siempre me distinguió con su amistad. A él le deseo todo el éxito en la conducción de esta Casa, al mismo tiempo que reitero mi compromiso de colaborar con su gestión, lo cual haré con toda lealtad y empeño.

Para mí es una felicidad ser sucedido, en la Secretaría General, por el Embajador Sérgio Danese. El nuevo Secretario General es ampliamente reconocido en la Casa por cualidades que él logra combinar armónicamente. Destaco sus méritos intelectuales y su dinamismo; su capacidad de trabajo y su espíritu creativo. El Embajador Daneses es autor de artículos y libros importantes que enriquecen el pensamiento diplomático brasileño. Estoy seguro de que sus altos valores de servidor público merecerán, una vez más, el reconocimiento de sus pares en la nueva etapa que se abre a partir de ahora.

Deseo extender mis más sinceros agradecimientos a aquellos que fueron mis Jefes de Gabinete en la Secretaría General, empezando por la querida Embajadora Eliana Zugaib, quien hoy es la jefa de la Delegación Permanente ante la UNESCO. Ella fue una de las primeras personas que me acogió cuando regresé a Brasilia, y es con mucho cariño que menciono lo mucho que le debo personal y profesionalmente. Agradezco el trabajo siempre seguro y eficiente de la Embajadora Glivânia Maria de Oliveira. Fue una suerte para mí poder contar con su ayuda, con su dedicación y con su afecto, que nunca me faltaron. Igualmente agradezco muchísimo al Embajador Carlos Alberto Simas Magalhães, amigo y compañero de instituto, con quien pude realizar la transición que ahora se completa. Tengo la seguridad de que el Embajador Simas, con su experiencia, serenidad y competencia, hará un gran trabajo al frente de la Subsecretaría General de las Comunidades Brasileñas en el Exterior.

Dirigí en la Secretaría General a un equipo dedicado, talentoso y diligente. Algunos de los diplomáticos que estuvieron conmigo fueron transferidos a representaciones en el exterior. Quiero dar testimonio, tanto a los que ya salieron como a los permanecen en la Secretaría de Estado, de mi profunda gratitud. Los diplomáticos de la Secretaría General me dieron apoyo cotidiano, me ofrecieron una asesoría imprescindible, más allá de la amistad y de las atenciones con las que me honraron. A todos y a cada uno –diplomáticos, oficiales de cancillería, asistentes de cancillería y demás trabajadores– quiero expresarles un efusivo y profundo agradecimiento.

Quisiera dedicar una palabra de reconocimiento especial a los Subsecretarios Generales. Ellos me ayudaron directamente a cumplir con las enormes responsabilidades y desafíos que tuve que afrontar. La convivencia y la interacción con todos ellos iluminaron mi rutina.

Transmito también mi agradecimiento a los titulares de las demás unidades funcionales vinculadas a la Secretaría General, a los Directores de Departamento, Jefes de División, Coordinadores, Jefes de Puesto, en fin, a todos los colegas y funcionarios que se desempeñan en Brasil y en el exterior.

De hecho, ha sido para mí una experiencia memorable trabajar en la Secretaría General y ocupar el cargo más alto al que un diplomático puede aspirar. Tal vez los presentes no sepan que yo, al menos, jamás aspiré a esa posición, pero, habiendo sido convocado, busqué dar lo mejor de mí.

Todo lo que viví en los quehaceres del cargo sólo reforzó en mí la creencia en los valores que sostienen la tradición del Itamaraty.

Por último, pido permiso para una nota personal. Quiero aquí evocar la memoria de aquella persona que me acompañó durante todos los años de mi carrera; que estuvo presente en mi asunción como Secretario General, pero que hoy está ausente. Deseo recordarla en este momento porque a ella le debo todo, y le seguiré debiendo.

Gracias.

 

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